Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿Qué te pasa, pobre querida mía, con esa salud? ¿Qué son todos esos vómitos, dolores de vientre, etc.? Estoy seguro de que has estado muy cerca de cometer alguna tontería. Ya quisiera saberte completamente repuesta. Pero no importa, no te oculto que la llegada de los ingleses me ha causado gran alegría. ¡Quiera el dios de los coitos que jamás vuelva a pasar por semejantes angustias! No sé cómo no me he puesto malo, como suele decirse. Me comía la sangre deseando la tuya. Pero la alegría que he sentido luego me ha sido provechosa, creo. Desde el sábado he trabajado con mucho ánimo y de modo desbordante, lírico. A lo mejor es un comistrajo atroz. Tanto peor; de momento me divierte, aunque más tarde lo borre todo, como ya me ha ocurrido muchas veces. Estoy escribiendo una visita a una nodriza. Se va por un senderito y se vuelve por otro. Camino, como ves, tras las huellas del Libro póstumo; pero creo que el paralelismo no me hundirá. Huele un poco mejor a campo, a estiércol y a literas que el texto de nuestro amigo. Todos los parisienses ven la naturaleza de una forma elegiaca y limpita, sin revolcaderos de vacas y sin ortigas. La aman, como los presos, con un amor ingenuo e infantil. Eso se gana de muy joven bajo los árboles de las Tullerías. Me acuerdo, a este respecto, de una prima de mi padre que vino una vez (la única en que la he visto) a visitarnos a Déville, y olfateaba, se extasiaba, admiraba. «Ay, primo», me dijo, «hágame el favor de ponerme un poco de estiércol en el pañuelo de bolsillo; adoro ese olor.» Pero nosotros, a quienes siempre ha aburrido el campo y que lo hemos visto siempre, ¡con cuánta mayor serenidad conocemos todos sus sabores y todas sus melancolías!