Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Con respecto a todo lo bueno que he tenido, hago como los árabes, que en determinado día del año se vuelven aún hacia Granada y añoran el hermoso país en que ya no viven. Esta tarde he pasado por casualidad, a pie, por la calle del Colegio; he visto gente en la escalinata de la capilla; había distribución de premios; oía los gritos de los alumnos, el ruido de los aplausos, del bombo y de los platillos. He entrado, y he vuelto a verlo todo como en mi época; los mismos cortinones en los mismos sitios; he soñado con el olor de las hojas de roble mojadas que nos poníamos en la frente; he recordado el gozo delirante que se adueñaba de mí aquel día, pues me abría dos meses de libertad completa; allá estaban mi padre, mi hermana, los amigos muertos, ausentes o cambiados. Y he salido con una horrible angustia en el corazón. También la ceremonia era más pálida; había poca gente, en comparación con la muchedumbre de hace diez años que colmaba la iglesia. Ya no gritaban tan fuerte, no cantaban La Marsellesa, que yo entonaba con tanta furia, rompiendo los bancos. El público distinguido ha perdido la afición a asistir. Recuerdo que antes estaba lleno de mujeres bien vestidas; venían actrices, mantenidas, mujeres con título. Permanecían arriba, en las galerías. ¡Qué orgulloso estaba uno cuando le miraban! Algún día escribiré todo eso. El joven moderno, el alma que se abre a los dieciséis años por un amor inmenso que le hace ambicionar el lujo, la gloria y todos los esplendores de la vida, esa poesía chorreante y triste del corazón del adolescente, ésa es una cuerda nueva que nadie ha pulsado. ¡Oh, Louise! Voy a decirte algo duro, pero que parte de la más inmensa simpatía, de la más íntima compasión. Si alguna vez se enamora de ti un pobre muchacho que te encuentra hermosa, un chico como era yo, tímido, dulce, tembloroso, que te tiene miedo y te busca, te evita y te persigue, sé buena con él, no lo rechaces, dale solamente tu mano a besar; morirá de embriaguez. Pierde tu pañuelo, lo recogerá y dormirá con él; se revolcará encima, llorando. El espectáculo de esta tarde ha vuelto a abrir el sepulcro en que dormía mi juventud momificada; he percibido sus exhalaciones marchitas; ha vuelto a mi alma algo semejante a esas melodías olvidadas que se reencuentran en el crepúsculo, durante esas horas lentas en que la memoria, como un espectro por las ruinas, se pasea por nuestros recuerdos. No, date cuenta, jamás sabrán todo eso las mujeres. Y menos aún lo dirán, jamás. Aman, aman quizá mejor que nosotros, con más fuerza, pero no van tan lejos. Además, ¿basta acaso con estar poseído por un sentimiento para expresarlo? ¿Hay algún cántico de sobremesa que haya sido compuesto por un hombre ebrio? No hay que creer siempre que el sentimiento lo es todo. En las artes no es nada sin la forma. Todo esto para decir que las mujeres, que han amado tanto, no conocen el amor, por haber estado demasiado preocupadas con él; no tienen un apetito desinteresado por lo Bello. Para ellas siempre ha de estar ligado a algo, a un fin, a una cuestión práctica. Escriben para satisfacer su corazón, pero no atraídas por el Arte, principio absoluto en sí mismo y que no necesita más apoyo que el requerido por una estrella. Sé muy bien que no son ésas tus ideas; pero son las mías. Más adelante te las desarrollaré con claridad, y espero convencerte, a ti que has nacido poetisa. Ayer leí El marqués de Entrecasteaux. Está escrito con buen estilo, animado y sobrio; dice algo, tiene sentido. Me gusta sobre todo el comienzo, y la escena de la señora de Entrecasteaux sola en su cuarto, antes de que entre su marido. Por mi parte, sigo estudiando un poco de griego. Leo el viaje de Chardin, para proseguir mis estudios sobre Oriente, y ayudarme en un cuento oriental que medito desde hace dieciocho meses. Pero desde hace algún tiempo tengo la imaginación muy encogida. ¿Cómo podría volar, pobre abeja? ¡Tiene las patas presas en un tarro de dulce, y se hunde en él hasta el cuello! Adiós, amada mía; reanuda tu vida habitual, sal, recibe, no cierres tu puerta a las personas que estaban el domingo en que estaba yo. Incluso me gustaría volverlas a ver, no sé por qué. Cuando amo, mi sentimiento es una inundación que se desparrama alrededor.


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