Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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¡Llevo tres días repantigándome en todos mis muebles y en todas las posturas posibles para hallar qué decir! Hay momentos crueles en que se rompe el hilo, en que la bobina parece devanada. Esta noche, sin embargo, empiezo a ver claro. Pero ¡cuánto tiempo perdido! ¡Qué despacio voy! Y ¿quién se dará cuenta alguna vez de las profundas combinaciones que me habrá exigido un libro tan sencillo? ¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico! ¿Sabes, querida Musa, cuántas páginas he escrito desde Año Nuevo? Treinta y nueve. ¿Y desde que te dejé? Veintidós. Ya querría haber terminado por fin este endemoniado movimiento con el que estoy desde el mes de septiembre, antes de moverme (será el final de la primera parte de mi segunda parte). Para eso me quedan unas quince páginas. Cuánto te deseo, y cuántas ganas tengo de llegar a la conclusión de este libro, que bien podría ser, a la larga, acarrear la mía. Tengo ganas de verte con frecuencia, de estar contigo. A menudo pierdo el tiempo soñando con mi alojamiento de París y cómo te leeré la Bovary, y las veladas que pasaremos allí. Pero es una razón para seguir, como lo hago, sin perder un minuto y apresurándome con un ardor paciente. Lo que me hace avanzar tan despacio es que nada en este libro está sacado de mí mismo; nunca me habrá sido más inútil mi personalidad. Quizá podré más adelante escribir cosas más fuertes (así lo espero), pero me parece difícil que componga una más hábil. Todo es cerebral. Si falla, siempre habrá sido un buen ejercicio. Lo que para mí es natural es lo no-natural para los demás, lo extraordinario, lo fantástico, el griterío metafísico, mitológico. San Antonio no me exigió ni la cuarta parte de tensión de espíritu que me provoca la Bovary. Era un vertedero; no sentí más que placer escribiendo, y los dieciocho meses que pasé redactando sus quinientas páginas fueron los más profundamente voluptuosos de toda mi vida. Juzga tú misma: a cada minuto he de meterme en pellejos que me son antipáticos. ¡Llevo seis meses dedicándome al amor platónico, y en este momento me exalto católicamente al son de las campanas, y tengo ganas de ir a confesarme!


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