Cartas a Louise Colet

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Bouilhet me ha leído todo lo que le dices de Leconte. Me ha entristecido. Aparte de esa separación en el ferrocarril, que siento y comprendo, no admito el resto de la historia ni del personaje. Esos dos años pasados en la absorción completa de un amor feliz me parecen una cosa mediocre. Los estómagos que encuentran su satisfacción en el rancho humano no son amplios. Aún, si fuera la tristeza, bien. Pero ¿la alegría? ¡No, no! Es largo, dos años transcurridos sin la necesidad de salir de aquí, sin escribir una frase, sin volverse hacia la Musa. ¿En qué emplear, pues, las horas de uno, cuando los labios están ociosos? ¿En amar? ¿En amar? Estas embriagueces me rebasan, y hay en ellas una capacidad de felicidad y de pereza, algo satisfecho que me asquea. ¡Ah, poeta, te consuelas con la literatura! Las castas hermanas vienen detrás de la señora, y tu lirismo no es más que una excitación de amor desviado. Pero es castigado por ello, ese buen muchacho, le falta un poco la vida en sus versos, su corazón no sale de su chaleco de franela, y al permanecer entero dentro de su pecho, no calienta su estilo. ¡Quejarse, además, denunciar la traición, no comprender (y cuando se es poeta) esa suprema poesía de la nada-viva, de la prenda que se gasta, o del sentimiento que huye! Todo eso es muy sencillo, no obstante. No declamo contra el bueno de De Lisie, pero digo que me parece un poco ordinario en sus pasiones. El verdadero poeta, para mí, es un sacerdote. En cuanto se pone la sotana, ha de abandonar a su familia.


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