Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet En el fondo de todas nuestras conmiseraciones hay egoÃsmo, y lo que siento por ese pobre marido, buen hombre a lo demás, y que sentÃa por mi padre una auténtica veneración de discÃpulo, viene de un retorno que hago sobre mà mismo. Pienso en lo que experimentarÃa si tú murieses, pobre Musa, si no te tuviera ya. No, no somos buenos; pero esa facultad de asimilarse a todas las miserias y de suponer que se tienen, es quizá la verdadera caridad humana. Hacerse asà centro de la humanidad, tratar, en suma, de ser su corazón general en el que se reúnen todas las venas dispersas…, ¿serÃa a la vez el esfuerzo del hombre más grande, y del mejor? No lo sé. Como por lo demás hay que aprovecharse de todo, estoy seguro de que mañana la cosa será de un dramático muy sombrÃo, y que ese pobre sabio estará lamentable. Ahà encontraré quizá cosas para mi Bovary. Esta explotación a la que voy a dedicarme, y que parecerÃa odiosa si se revelase a alguien, ¿qué tiene de malo? Espero hacer derramar lágrimas a los demás con las lágrimas de uno solo, pasadas después por la quÃmica del estilo. Pero las mÃas serán de un orden de sentimiento superior. Ningún interés las provocará, y es preciso que mi personaje (también es médico) os conmueva por todos los viudos. Estas pequeñas amabilidades, por lo demás, no son tarea nueva para mÃ, y tengo método en estos estudios. Yo mismo he hecho mi propia disección a lo vivo en momentos poco divertidos. Conservo en mis cajones fragmentos de estilo sellados con triple lacre, y que contienen atestados tan atroces que tengo miedo de volver a abrirlos, cosa muy tonta por otra parte, pues los sé de memoria. […]