Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Hoy no he hecho nada. Ni una línea escrita o leída. He desembalado mi Tentación de San Antonio, y la he colgado de la pared; eso es todo. Me gusta mucho esa obra. Hacía tiempo que la deseaba. Lo grotesco triste tiene para mí un encanto inaudito; corresponde a las necesidades íntimas de mi naturaleza, que es bufonescamente amarga. No me hace reír, sino soñar largamente. Lo localizo muy bien, allá donde se encuentra, y lo llevo en mí, como todo el mundo; por eso me gusta analizarme. Es un estudio que me divierte. Lo que me impide tomarme en serio, aunque tengo el espíritu bastante grave, es que me encuentro bastante ridículo, no con ese ridículo relativo que es la comicidad teatral, sino con ese ridículo inherente a la propia vida humana, y que brota del acto más sencillo o del gesto más ordinario. Por ejemplo, nunca me afeito sin que me dé risa, tan estúpido me parece. Todo esto me resulta muy difícil de explicar, y exige que uno lo sienta; tú no lo sentirás, pues eres de una sola pieza, como un himno hermoso de amor y de poesía. Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata. […] , Adiós, te beso por todas partes. Piensa en mí; yo pienso en ti. Mejor no, piensa menos en mí, trabaja, sé buena, sé feliz con el pensamiento. Recupera a la musa que te consoló en los peores días; yo soy para los días de felicidad.