Cartas a Louise Colet

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Esa rigidez de que me acusa Préault me extraña. Por lo demás, parece que cuando llevo traje negro ya no soy el mismo. Cierto es que entonces llevo un disfraz. La fisonomía y los modales deben resentirse. ¡Lo externo actúa tanto sobre lo interior! Es ese casco el que moldea la cabeza; todos los soldados llevan encima la rigidez imbécil del alineamiento. Bouilhet pretende que tengo, en sociedad, el aspecto de un oficial vestido de burgués. Jodido aspecto! ¿Por eso me había apodado «el comandante» el ilustre Turgan? También sostenía que yo tenía aire militar. No se me puede hacer un cumplido que me resulte menos agradable. Si Préault me conociese, probablemente me hallaría, al contrario, demasiado desaliñado, como el bueno del capitán. Pero ¡qué bien tuvo que estar Ferrat, con su «buena furia meridional»! Me lo imagino haciéndose el gascón; ¡es enorme! Hablas de grotesco; lo grotesco me abrumó en el entierro de la señora Pouchet. Decididamente, Dios es romántico; mezcla continuamente los dos géneros. Mientras yo veía al pobre Pouchet torcerse de pie, como una caña al viento, ¿sabes lo que tenía a mi lado? Un señor que me hacía preguntas sobre mi viaje: «¿Hay museos en Egipto? ¿Cuál es el estado de las bibliotecas públicas?» (textual). Y al demoler yo sus ilusiones, quedaba desolado. «¡Será posible! ¡Qué desdichado país! ¿Cómo la civilización…?», etc. Al ser el entierro protestante, el sacerdote habló en francés al borde del hoyo. Mi vecino lo prefería… «Además, el catolicismo está desprovisto de esas flores de retórica.» ¡Oh hermanos, oh mortales! Y decir que siempre se ve uno engañado; que por muy ocurrente que se crea uno, la realidad lo aplasta siempre… Yo iba a esa ceremonia con la intención de entonarme la mente ideando algo refinado, tratando de descubrir piedrecillas, ¡y me cayeron bloques en la cabeza! Lo grotesco me ensordecía, y lo patético se convulsionaba ante mis ojos. De donde saco (o más bien vuelvo a sacar) esta conclusión: Nunca hay que temer el ser exagerado. Todos los grandes lo han sido: Miguel Ángel, Rabelais, Shakespeare, Molière. Se trata de hacer tomar una lavativa a un hombre (en Pourceaugnac); no se trae una jeringa, no; se llena el teatro de jeringas y de boticarios. Eso es sencillamente el genio en su verdadero centro, que es lo enorme. Pero para que la exageración no aparezca, ha de ser por doquier continua, proporcionada, armónica consigo misma. Si tus tipos miden cien pies, las montañas han de medir veinte mil. Y ¿qué es lo ideal, sino ese aumento?


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