Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me han interrumpido bastante estos días: el martes, la construcción de una pared, sobre la que tuve que dar mi opinión; el jueves, el vino, que tuve que ir a comprar; el viernes, una visita que recibí y una comida a la que asistí, y hoy, por último, el re-vino, que ha sido preciso clasificar. Bouilhet me acompañó el jueves a esas compras vinícolas. Estuve espléndido, y tenía buena pinta en el almacén de vinos, en su oficina, detrás de las verjas, degustando los caldos en la tacita de plata, haciendo rodar las mejillas y entornando los ojos. El viernes cené en Ruán en casa de Baudry con el tío Sénard, su suegro. Este Sénard es el que ha traducido un fragmento hindú para el último número de la Revue de Paris. Me dijo que todos los artículos se pagaban a razón de cien francos la página. Además, hay un precio superior para los grandes hombres. Hicieron cuentas, y le dieron a Baudry cuarenta francos. Azorado de guardárselos (o de guardarse tan poco), hizo una suscripción, y ya está. Pero como Bouilhet es amigo, no le pagan, y Melanis le ha costado doscientos cincuenta francos. Es justo, Melanis es bueno. Siempre hay que tomar, en las cosas de este mundo, la verdad y la moralidad a contrapelo. Verás cómo Énault y Du Camp van a terminar por liarse. Me reí mucho, en su día, de la conjura d'Holbáchica de la que tanto se queja Jean-Jacques [Rousseau] en sus Confesiones. Su error era ver en ello una idea preconcebida. No, la multitud, o la sociedad, jamás tienen ideas preconcebidas. Obran como un organismo, en virtud de leyes naturales. ¡Y qué bien debía chocar Rousseau a todo ese siglo XVIII de hermosos caballeros, de hermosas inteligencias, de hermosas damas y de hermosos modales! ¡Qué oso, soltado en pleno salón! Cada movimiento suyo le hacía caer un mueble en toda la cabeza; molestaba. Y todo lo que molesta es dañado por las esquinas de las cosas que desplaza. Y no cuento las patadas en el culo al pobre oso, ni las cadenas, ni los bastonazos, las pitadas, la risa de los niños. «Oh osos, hermanos míos, he comprendido vuestro dolor, etc.» ¡Qué hermoso movimiento, para proseguir con él durante diez páginas!