Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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[…] Me fastidia que la Salpétrière no esté más fuerte de color. Los filántropos lo joroban todo. ¡Qué canallas! Presidios, cárceles y hospitales son ahora algo tan estúpido como un seminario. La primera vez que vi locos fue aquí, en el hospicio general, con el pobre tío Parain. En las celdas, sentadas y atadas por la mitad del cuerpo, desnudas hasta la cintura y muy desgreñadas, una docena de mujeres aullaban y se laceraban el rostro con las uñas. Yo tenía quizá seis o siete años en aquella época. Son buenas impresiones para tenerlas de joven; virilizan. ¡Qué extraños recuerdos tengo de ese tipo! El aula del Hôtel-Dieu daba a nuestro jardín. ¡Cuántas veces no habremos trepado, mi hermana y yo, al emparrado, y, colgados entre la viña, habremos mirado con curiosidad los cadáveres amontonados! Les daba el sol; las mismas moscas que revoloteaban sobre nosotros y sobre las flores iban a posarse allá, volvían, zumbaban. ¡Cómo pensé en eso mientras la velaba durante dos noches, a mi pobre, querida, hermosa hermana! Aún veo a mi padre alzando la cabeza de su disección y diciéndonos que nos marcháramos. Él es otro cadáver.





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