Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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¡Qué libro podría escribir esta noche, si la expresión fuese tan rápida como el pensamiento! Llevo treinta y seis horas navegando por los más viejos recuerdos de mi vida, y siento un cansancio casi físico. Cuando llegué ayer, el sol se ponía sobre el mar, y era como un gran disco de dulce de grosellas. Hace seis años, por la misma temporada, llegué a las dos de la mañana, a pie, con Maxime, con la mochila a la espalda, de regreso de Bretaña. ¡Cuántas cosas desde entonces! Pero la entrada que domina a todas las demás es la que hice en 1843. Era el final de mi primer año de Derecho. Venía de París, solo. Había dejado la diligencia en Pont-l'Évéque, a tres leguas de aquí, y llegaba a pie, bajo un hermoso claro de luna, a las tres de la madrugada. Aún recuerdo la chaqueta de tela y el bastón que llevaba, y qué dilatación sentí al aspirar desde lejos el olor salado del mar. Sólo he reencontrado eso, el olor; todo lo demás ha cambiado. París ha invadido esta pobre región, llena ahora de chalés al estilo de los de Enghien. Todo está lleno de calzones de gamuza, libreas, guapos señores y hermosas damas. Esta playa, por la que me paseaba antaño sin pantalones, está adornada ahora con guardias urbanos; hay líneas de demarcación para los dos sexos.

Naturaleza de faz serena, ¡cómo olvidas,

Y como rompes en tus metamorfosis


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