Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet No escribir nada y soñar con obras hermosas (como hago ahora) es algo encantador. Pero ¡qué caras se pagan más tarde esas voluptuosas ambiciones! ¡Qué hundimientos! Yo debería ser prudente (pero no habrá nada que me corrija). La Bovary, que habrá sido para mí un ejercicio excelente, quizá me sea funesta después como reacción, pues me habrá inspirado (esto es débil e imbécil) un asco extremado por los asuntos de ambiente vulgar. Por eso me cuesta tanto escribir ese libro. Necesito grandes esfuerzos para imaginarme a mis personajes, y luego para hacerles hablar, ya que me repugnan profundamente. Pero cuando escribo algo de mis entrañas, va aprisa. No obstante, ahí está el peligro. Cuando se escribe algo de uno mismo, la frase puede ser buena a ráfagas (y las mentalidades líricas consiguen fácilmente el efecto, siguiendo su inclinación natural), pero falta el conjunto, abundan las repeticiones, las redundancias, los lugares comunes, las locuciones banales. Cuando se escribe, al contrario, una cosa imaginada, como entonces todo debe dimanar de la concepción, y como la más pequeña coma depende del plan general, la atención se bifurca. A la vez, es preciso no perder de vista el horizonte, y mirar a los pies de uno. El detalle es atroz, sobre todo cuando uno ama el detalle, como yo. Las perlas componen el collar, pero es el hilo el que lo hace. Ensartar las perlas sin perder ni una y sujetar siempre el hilo con la otra mano, ahí está la malicia. Nos extasiamos ante la Correspondencia de Voltaire. ¡Pero jamás fue capaz más que de eso, el gran hombre!, es decir, de exponer su opinión personal; y en él eso fue todo. De ahí que resultara lamentable en el teatro y en la poesía pura. Novelas hizo una, que es el resumen de todas sus obras, y el mejor capítulo de Candide es la visita a casa del señor Pococurante, donde Voltaire expresa de nuevo su opinión personal sobre casi todo. Esas cuatro páginas son una de las maravillas de la prosa. Eran la condensación de sesenta tomos escritos y de medio siglo de esfuerzos. Pero yo habría desafiado con gusto a Voltaire a que hiciese solamente la descripción de uno de esos cuadros de Rafael de los que se burla. Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte (y lo más difícil) no es hacer reír, ni llorar, ni poner cachondo o enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar. Por eso las obras muy hermosas poseen ese carácter. Son serenas de aspecto e incomprensibles. En cuanto al procedimiento, son inmóviles como acantilados, encrespadas como el Océano, llenas de frondosidad, de verde y de murmullos como los bosques, tristes como el desierto, azules como el cielo. Homero, Rabelais, Miguel Ángel, Shakespeare, Goethe, me parecen despiadados. Lo suyo es sin fondo, infinito, múltiple. A través de pequeñas aberturas se divisan precipicios; abajo hay negrura, vértigo. ¡Y sin embargo, algo singularmente suave flota sobre el conjunto! Es el resplandor de la luz, la sonrisa del sol, y es algo tranquilo, tranquilo, y fuerte, y lleva banderolas como el buey de Leconte.