Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Pues creo que hay que odiarla. Yo, ahora, la odio. Me gustan las obras que huelen a sudor, aquellas en que se ven los músculos a través de la ropa, y que caminan descalzas, lo que es más difícil que llevar botas, botas que son moldes para uso de gotosos: en ellas oculta uno sus uñas torcidas, con toda clase de deformidades. Entre los pies del Capitán o los de Villemain y los pies de los pescadores de Nápoles está toda la diferencia de las dos literaturas. Una ya no tiene sangre en las venas. Los juanetes parecen reemplazar a los huesos. Es el resultado de la edad, del agotamiento, del bastardeo. Se esconde bajo cierta horma embetunada y convenida, remendada y que cala el agua. Esta horma está llena de bramantes y de engrudo. Es algo monótono, incómodo, fastidioso. Con ella no se puede subir a las alturas, ni bajar a las profundidades, ni salvar las dificultades (¿no se deja, en efecto, a la entrada de la ciencia, donde hay que ponerse zuecos?). Solamente sirve para andar por la acera, por caminos trillados y sobre el parqué de los salones, donde ejecuta crujiditos coquetones que irritan a la gente nerviosa. Por mucho que le den charol los gotosos, nunca será más que piel de becerro curtida. ¡Pero la otra! La otra, la del buen Dios, está ennegrecida de agua de mar y tiene las uñas blancas como el marfil. Es dura a fuerza de caminar sobre las rocas. Es hermosa a fuerza de caminar sobre la arena. En efecto, por la costumbre de hundirse blandamente en ella, el perfil del pie se ha desarrollado poco a poco según su tipo; ha vivido según su forma, y ha crecido en su ambiente más propicio. Así que, ¡cómo se apoya sobre la tierra, cómo separa los dedos, cómo corre, qué cosa tan hermosa es!