Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Ciertas naturalezas no sufren: la gente sin nervios. ¡Felices ellos! Pero ¡de cuántas cosas se ven también privados! Cosa extraña: a medida que nos elevamos en la escala de los seres, aumenta la facultad nerviosa, es decir, la facultad de sufrir. ¿Será lo mismo, sufrir y pensar? El genio, después de todo, no es quizá más que un refinamiento del dolor, es decir, una penetración más completa e intensa del objetivo a través de nuestra alma. La tristeza de Molière, sin duda, procedía de toda la estupidez de la humanidad que sentía comprendida en él. Sufría por los Diafoirus y los Tartufos que le entraban por los ojos hasta el cerebro. ¿Acaso el alma de un Veronés, supongo, no se empapaba de colores continuamente, como un trozo de tela incesantemente sumergido en la tina hirviente de un tintorero? Todo le aparecía con aumentos de tono que debían sacarle el ojo de la cabeza. Miguel Ángel decía que los mármoles vibraban al acercarse él. Lo que es seguro es que él vibraba al acercarse a los mármoles. Las montañas, para aquel hombre, tenían, pues, un alma; eran la naturaleza correspondiente; era como la simpatía de dos elementos análogos. Pero esto debía establecer de una a otra, no sé dónde ni cómo, especies de regueros volcánicos de un orden inconcebible, como para hacer explotar la pobre tienda humana.



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