Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Además, no se perdona lo suficiente a mis nervios. Me destrozaron la sensibilidad para el resto de mis dÃas. Se embota con cualquier pretexto, se desgasta con las menores tonterÃas, y para no reventar la enrollo sobre ella misma y me contraigo en una bola, como el erizo que muestra todas sus púas. Te hago sufrir, pobre, querida Louise. Pero ¿piensas que sea por idea preconcebida, por gusto, y que no sufro yo al saber que te hago sufrir? Al pensar esto, no me vienen lágrimas, sino más gritos de rabia, de rabia contra mà mismo, contra mi trabajo, contra mi lentitud, contra el destino que quiere que esto sea asÃ. Destino es una gran palabra; no, contra la disposición de las cosas. Y si las altero ahora, siento que todo se desmorona. Si yo supiera que la tristeza te anegaba (y desde hace algún tiempo tienes mucha, lo adivino por el tono forzado de tus cartas; la tinta lleva olor, para quien tiene olfato; ¡hay tanto pensamiento entre una lÃnea y otra!; y lo que mejor se siente permanece flotando sobre la blancura del papel), si yo me enterase, por último, o tú me dijeses, que no aguantas más de tristeza, lo dejarÃa todo e irÃa a instalarme a ParÃs, como si la Bovary estuviese acabada, y sin pensar en la Bovary más que si no existiera. La reanudarÃa más tarde. Pues el hacer mudanza de mi pensamiento, junto con mi persona, es tarea que rebasa mis fuerzas. Nunca está conmigo, y en absoluto a mi disposición; no hago en absoluto lo que quiero, sino lo que él quiere; un pliegue de cortina atravesado, una mosca volando, el ruido de un carro, ¡buenas noches, allá se marcha! Tengo en muy poca medida la facultad de Napoleón I. No podrÃa trabajar al sonido del cañón. El chisporroteo de la leña basta para darme, a veces, sobresaltos de espanto. Sé muy bien que esto es lo propio de un niño mimado, y de un pobre hombre, en resumidas cuentas. Pero bueno, cuando las peras están pasadas, no hay quien las vuelva verdes. ¡Oh, juventud, juventud! ¡Cuánto te añoro! Pero ¿te he conocido alguna vez? Me eduqué solo, un poco gracias al método Baucher, mediante el sistema de equitación en la cuadra y la práctica del piafar. A lo mejor esto me desriñonó muy pronto. No soy yo quien dice todo esto, son los demás.