Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet SÃ, tienes razón, no hemos estado lo bastante solos en este viaje. Quizá de ahà procedan nuestros malentendidos, pues si nuestros cuerpos se han tocado, nuestros corazones apenas han tenido tiempo de abrazarse. Y si algo pudiera hacerme desear más aún el final de estas eternas molestias, de estos perpetuos saludos y despedidas, serÃa eso mismo, quiero decir, el dolor siempre renovado de nuestras separaciones. Ay, pobre Musa, pobre Musa, me juzgas mal. Pero no quiero hacer recriminaciones que te parecerÃan odiosas, y que acaso lo serÃan. No lo sé. Siempre temo herirte, y te hiero sin cesar. Eso me humilla en mis pretensiones más delicadas. Te fijas en palabras en el aire, en gestos insignificantes, en manÃas indiferentes. ¡Cómo te ofendió mi frase sobre el estar alojado en la misma calle que Du Camp, y de qué mediocre importancia es eso, no obstante! Vamos, no pensemos más en ello, abracémonos con más ternura incluso que el martes a las dos de la mañana. Seca tus pobres ojos y guárdalos no para llorar, sino para ver. Pues todo está ahÃ, en ver. Todo está ahà para comprender, y de lo que se trata, sobre todo, es de comprender. Si vieras mejor, sufrirÃas menos y trabajarÃas más.