Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿Has podido pensar que si tuvieses un hijo mÃo te querrÃa menos? Al contrario, te querrÃa más, mil veces más. ¿No quedarÃas más ligada a mà por el dolor, por el agradecimiento e incluso por la compasión? Esta última palabra a lo mejor también te desagrada. Pero no la tomes en su sentido vulgar y estrecho. ¡Tómala por lo más Ãntimo, más emocionado, más desinteresado que lleva en sÃ! Piensas que a causa de esa continua aprensión de una vida futura que puede resultar de un minuto de extravÃo, ya no habrá entre nosotros ni Ãmpetu ni arrebato. Al contrario: para mà es ese Ãmpetu lo que turba el amor, ya que después de él surge el remordimiento. ¿Por qué mezclar la idea de una horrible desgracia para ti con la felicidad que me das? Si habitualmente no tengo sentido común, como me lo repites, me parece que en este punto no soy yo quien carece de él. Si no buscase más que mi placer, si no pidiera al amor más que sus goces fÃsicos, mis modales —esto le resultará claro a todo el mundo— serÃan diferentes. Vamos ya, amiga querida, aún no soy tan grosero como dice usted, y aún hay algo que me gusta más que su hermoso cuerpo; es usted misma. ¿Sabes lo que te falta a ti, o mejor, por dónde pecas? Por la inteligencia. La ves donde no la hay, en los sitios donde a nadie se le ha ocurrido ponerla. Desarrollas, amplificas, lo exageras todo. ¿De dónde diablos has sacado que yo te haya dicho algo parecido a esto: «que nunca habÃa querido a las mujeres a las que habÃa poseÃdo y que aquellas a las que amé no me concedieron nada»? Te dije sencillamente que habÃa amado durante seis años a una mujer que no lo supo en su vida; le hubiera parecido una tonterÃa. Ahora sà que me lo parece a mÃ. Además, hasta llegar a ti, no he amado porque no querÃa amar; eso es todo. No creas, pues, que pertenezco a la raza vulgar de esos hombres que se asquean después del placer, porque el amor no existe en ellos sino en virtud del deseo. No, lo que se yergue en mà no decae tan aprisa. Si crece el musgo en los edificios de mi corazón apenas están construidos, hace falta tiempo para que caigan en ruinas, si alguna vez caen del todo. Búrlate cuanto quieras de mÃ, de mi vida, de este orgullo desmesurado que acabas de descubrir (eres la Cristóbal Colón de ese descubrimiento) y de mis creencias panteÃstas; en todo ello no hay la menor gana de distraerte y de parecer original. No presumo de rarezas. Si las tengo, tanto peor o tanto mejor. Leeré las palabras de Descartes a Campanella al respecto: pero no creo que me prueben lo contrario. Hay que tener la pasión por lo excéntrico para descubrirlo en mÃ, que llevo la vida más burguesa y más ignorada de la tierra. Moriré en mi rincón sin que puedan, asà lo espero, reprocharme ni una mala acción ni una mala lÃnea, por la razón de que no me ocupo de los demás y no haré nada para que se ocupen de mÃ. No acabo de captar lo extravagante de una vida tan vulgar. Pero por debajo de ésta hay otra, otra secreta, radiante e iluminada para mà solo, y que no abro a nadie porque se reirÃan de ella. ¿Es tan descabellado?