Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet —No, en absoluto; ¿por qué?
—Me han asegurado incluso que tenÃa usted una pasión.
—Yo, señora, soy incapaz de eso; ¿y por quién?
—Por la señora Colet. Me han dicho que estaban ustedes en las mejores relaciones.
—Ja, ja, ja! Es verdad. La aprecio mucho, la veo muy a menudo, pero le ruego crea que todo lo demás son calumnias.
Y seguà bromeando sobre mà y acusándome de ser fÃsicamente incapaz de amar, lo que excitaba mucho la hilaridad del señor y la señora. Puedes estar segura de que me mantuve a caballo entre la retirada y la desvergüenza. Habrán creÃdo lo que hayan querido, cosa que me importa poco, con tal que no me fastidien a la cara; eso es todo lo que pido en estas cuestiones.
Incluso creo que ahora están más seguros de la cosa; pero son preguntas a las que nunca se contesta «sû, a menos que uno sea un patán o un fatuo, pues es (siempre según las ideas de la sociedad) deshonrar a la mujer o jactarse. No, por mil dioses, no; no he renegado de ti. Si conocieras el fondo del orgullo de un hombre como yo, no habrÃas tenido esa sospecha. No hago al mundo más que concesiones de silencio, pero ninguna de discurso. Sà que agacho la cabeza ante sus tonterÃas, pero no me quito el sombrero ante ellas.