Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Si hubiese venido, lo habría aceptado con menos murmuraciones y quejas de lo que creías. Antes grito mucho, y mientras, poco. Temo el peligro mientras no existe. Una vez llegado, lo acepto sin pensar en él. Cuando era niño no tenía miedo ni de los ladrones, ni de los caballos, ni de la tormenta, pero sí de la oscuridad y de los fantasmas. Al crecer he seguido siendo bastante parecido. Pero, ya que el desenlace ha sido como yo quería, ¡tanto mejor! ¡Tanto mejor! ¡Un desgraciado menos en la tierra! ¡Una víctima menos para el hastío, el vicio o el crimen, para el infortunio seguro!
¡Mejor, si no tengo posteridad! Mi oscuro apellido se extinguirá conmigo, y el mundo proseguirá su andar, igual que si dejara uno ilustre.
La idea de la nada absoluta me gusta. Axioma: «Es la vida la que consuela de la muerte, y la muerte es la que consuela de la vida».
Piensa para ti qué molestias y qué preocupaciones habría sido. Llegaba yo, me aceptabas con la candidez sublime de tu amor ingenuo, me sacrificabas de inmediato, sin yo pedírtelo, tu cuerpo, tu alma, tu amor de mujer, el amor de los hombres superiores que te rodean; y para recompensarte, en el egoísmo personal de mi goce, te aplicaba yo un castigo tanto más terrible cuanto más querido para ti, que estabas resignada de antemano, ¡pobre ángel mío! ¡Aún estabas contenta, y lo lamentas ahora!