Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me dices, ángel mÃo, que no te he iniciado en mi vida Ãntima, en mis pensamientos más secretos. ¿Sabes qué es lo que hay más Ãntimo, más oculto en todo mi corazón y lo que es más «yo» en mÃ? Son dos o tres pobres ideas de arte incubadas con amor; eso es todo. Los más grandes acontecimientos de mi vida han sido algunos pensamientos, lecturas, ciertas puestas de sol en Trouville al borde del mar, y charlas de cinco o seis horas consecutivas con un amigo que ahora está casado, y perdido para mÃ. La diferencia que siempre he tenido en mis maneras de ver la vida con las de los demás ha hecho que siempre (no lo suficiente, por desgracia) me haya encerrado en una solitaria aspereza de la que nada salÃa. Me han humillado tan a menudo, he escandalizado y hecho gritar tanto, que hace ya tiempo he llegado a reconocer que para vivir tranquilo hay que vivir solo y poner burletes en todas las ventanas, no vaya a entrar el aire del mundo. A mi pesar, siempre conservo un algo de ese hábito. Por eso, durante varios años, he rehuido sistemáticamente el trato con las mujeres. No querÃa trabas en el desarrollo de mi principio innato: ni yugos ni influencias. HabÃa terminado por no desearlas ya en absoluto. VivÃa sin las palpitaciones de la carne y del corazón, y sin tener conciencia siquiera de mi sexo. Ya te lo dije: tuve, casi de niño, una gran pasión. Cuando se acabó, quise entonces hacer dos partes, poner a un lado el alma, que reservaba para el Arte, y de otro el cuerpo, que tenÃa que vivir de cualquier manera. Luego llegaste tú y lo desbarataste todo. ¡Ahora regreso a la vida del hombre!