La tentacion de San Antonio

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V

ANTONIO.—(andando lentamente): ¡Eso vale por todo el infierno!

Nabucodonosor no me alucinó tanto. La reina de Saba no me maravilló tan profundamente.

Su forma de hablar de los dioses inspira el deseo de conocerles.

Recuerdo haber visto centenares a la vez, en la isla Elefantina[155], en tiempo de Diocleciano. El Emperador había cedido a los nómadas un gran país, a condición de que guardaran las fronteras; y el tratado se llevó a cabo en nombre de las «Potencias invisibles». Porque los dioses de cada pueblo eran ignorados por los demás pueblos.

Los bárbaros habían llevado a los suyos. Ocupaban las colinas de arena que rodean el río. Se les veía con sus ídolos entre los brazos como si se tratara de grandes niños paralíticos; o cuando navegaban en medio de las cataratas sobre un tronco de palmera, mostraban desde lejos los amuletos de sus cuellos, los tatuajes de sus pechos —¡y no es más criminal que la religión de los griegos, de los asiáticos y de los romanos!


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