La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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IV

(Y ANTONIO ve ante él una basílica inmensa.

La luz se proyecta desde el fondo, maravillosa como si fuera un sol multicolor. Ilumina las innumerables cabezas de la multitud que llena la nave y refluye entre las columnas, hacia las naves laterales, donde se distinguen, en compartimientos de madera, altares, lechos, engarces de piedras azules y constelaciones pintadas en las paredes.

En medio de la muchedumbre, algunos grupos, aquí y allá, se detienen. Unos hombres, de pie sobre escabeles, arengan, con el dedo levantado; otros rezan, con los brazos en cruz, están tumbados en el suelo, cantan himnos o beben vino; en torno a una mesa, los fieles celebran el ágape; los mártires descubren sus miembros para enseñar sus heridas; los viejos, apoyados en báculos, cuentan sus viajes.

Los hay del país de los Germanos, de la Tracia y de las Galias, de Escitia y de las Indias, con nieve en la barba, plumas en el cabello, espinas en los flecos de su vestido, las sandalias negras de polvo, la piel quemada por el sol. Todos los trajes se confunden, los mantos de púrpura y los hábitos de lino, las dalmáticas bordadas, los sayos de piel, los gorros de los marinos, las mitras de los obispos. Sus ojos fulguran extraordinariamente. Tienen aspecto de verdugos o de eunucos.


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