La tentacion de San Antonio

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¡Sin embargo, antaño, yo no era tan miserable! Antes de que acabara la noche, empezaba mis oraciones; luego, bajaba al río a buscar agua, y volvía a subir por el áspero sendero con el odre al hombro, cantando himnos. Después, me divertía poniendo orden en mi cabaña. Cogía mis útiles; intentaba que las esteras fueran iguales y las cestas ligeras; entonces mis menores acciones me parecían deberes que no tenían nada de penoso.

A la hora precisa abandonaba mi labor; y rezando con los brazos extendidos sentía como si una fuente de misericordia viniera desde lo alto del cielo hasta mi corazón. Ahora ya no lo siento. ¿Por qué?…

(Anda entre las rocas, lentamente).

Todos me censuraron cuando abandoné la casa. Mi madre se desplomó como si fuera a morir; mi hermana, de lejos, me hacía señas para que volviera; y Amonaría, la niña que encontraba cada tarde junto al pozo, cuando llevaba sus cántaros, lloraba. Corrió detrás de mí. Los anillos de sus pies brillaban en el polvo, y su túnica abierta por las caderas flotaba al viento. El viejo asceta que me llevaba la injurió. Nuestros dos camellos galopaban sin detenerse; y no he vuelto a ver a nadie.


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