Madame Bovary

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Los colegiales estallaron en una carcajada que desconcertó al pobre muchacho, de tal modo que no sabía si había que tener la gorra en la mano, dejarla en el suelo o ponérsela en la cabeza. Volvió a sentarse y la puso sobre las rodillas.

—Levántese —le ordenó el profesor—, y dígame su nombre.

El «novato», tartajeando, articuló un nombre ininteligible:

—¡Repita!

Se oyó el mismo tartamudeo de sílabas, ahogado por los abucheos de la clase.

—¡Más alto! —gritó el profesor—, ¡más alto!

El «novato», tomando entonces una resolución extrema, abrió una boca desmesurada, y a pleno pulmón, como para llamar a alguien, soltó esta palabra: Charbovari.

Súbitamente se armó un jaleo, que fue in crescendo, con gritos agudos (aullaban, ladraban, pataleaban, repetían a coro: ¡Charbovari, Charbovari!) que luego fue rodando en notas aisladas, y calmándose a duras penas, resurgiendo a veces de pronto en algún banco donde estallaba aisladamente, como un petardo mal apagado, alguna risa ahogada.


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