Madame Bovary

Madame Bovary

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Ya había cesado de llover; comenzaba a apuntar el día y en las ramas de los manzanos sin hojas unos pájaros se mantenían inmóviles, erizando sus plumitas al viento frío de la mañana. El campo llano se extendía hasta perderse de vista y los pequeños grupos de árboles en torno a las granjas formaban, a intervalos alejados, unas manchas de un violeta oscuro sobre aquella gran superficie gris que se perdía en el horizonte en el tono mortecino del cielo. Carlos abría los ojos de vez en cuando; después, cansada su mente y volviendo a coger el sueño, entraba en una especie de modorra en la que, confundiéndose sus sensaciones recientes con los recuerdos, se percibía a sí mismo con doble personalidad, a la vez estudiante y casado, acostado en su cama como hacía un momento, atravesando una sala de operaciones como hacía tiempo.

El olor caliente de las cataplasmas se mezclaba en su cabeza con el verde olor del rocío; escuchaba correr sobre la barra los anillos de hierro de las camas y oía dormir a su mujer. Al pasar por Vassonville distinguió, a la orilla de una cuneta, a un muchacho joven sentado sobre la hierba.

—¿Es usted el médico? —preguntó el chico.


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