Madame Bovary
Madame Bovary Poco a poco, estos temores de Rodolfo se apoderaron también de ella. Al principio el amor la habÃa embriagado y nunca habÃa pensado más allá. Pero ahora que le era indispensable en su vida, temÃa perder algo de este amor, o incluso que se viese perturbado. Cuando volvÃa de casa de Rodolfo echaba miradas inquietas alrededor, espiando cada forma que pasaba por el horizonte y cada buhardilla del pueblo desde donde pudieran verla. Escuchaba los pasos, los gritos, el ruido de los arados; y se paraba más pálida y más trémula que las hojas de los álamos que se balanceaban sobre su cabeza.
Una mañana que regresaba de esta manera, creyó distinguir de pronto el largo cañón de una carabina que parecÃa apuntarle. SobresalÃa oblicuamente de un pequeño tonel, medio hundido entre la hierba a orilla de una cuneta. Emma, a punto de desfallecer de terror, siguió adelante a pesar de todo, y un hombre salió del tonel como esos diablos que salen del fondo de las cajitas disparados por un muelle. Llevaba unas polainas sujetas hasta las rodillas, la gorra hundida hasta los ojos, sus labios tiritaban de frÃo y tenÃa la nariz roja. Era el capitán Binet al acecho de los patos salvajes.
—¡TenÃa usted que haber hablado de lejos! —exclamó él—. Cuando se ve una escopeta siempre hay que avisar.
