Madame Bovary
Madame Bovary Un día en que, en lo más agudo de su enfermedad, se había creído agonizante, pidió la comunión y a medida que se hacían en su habitación los preparativos para el sacramento, se transformaba en altar la cómoda llena de jarabes y Felicidad alfombraba el suelo con dalias, Emma sintió que algo fuerte pasaba por ella, que le liberaba de sus dolores, de toda percepción, de todo sentimiento. Su carne aliviada, ya no pesaba, empezaba una vida diferente; le pareció que su ser, subiendo hacia Dios, iba a anonadarse en aquel amor como un incienso encendido que se disipa en vapor. Rociaron de agua bendita las sábanas; el sacerdote sacó del copón la blanca hostia, y desfalleciendo de un gozo celestial, Emma adelantó sus labios para recibir el cuerpo del Salvador que se ofrecía. Las cortinas de su alcoba se ahuecaban suavemente alrededor de ella, en forma de nubes, y las llamas de las dos velas que ardían sobre la cómoda le parecieron glorias resplandecientes. Entonces dejó caer la cabeza, creyendo oír en los espacios la música de las arpas seráficas y percibir en un cielo de azur, en un trono dorado, en medio de los santos que sostenían palmas verdes, al Dios Padre todo resplandeciente de majestad, que con una señal hacía bajar hacia la tierra ángeles con las alas de fuego para llevársela en sus brazos.