Madame Bovary
Madame Bovary Era los jueves. Emma se levantaba y se vestía en silencio para no despertar a Carlos, quien la hubiera reprendido cariñosamente por arreglarse tan temprano. Después caminaba de un lado para otro; se ponía delante de las ventanas, miraba la plaza. La primera claridad circulaba entre los pilares del mercado, y la casa del farmacéutico, cuyos postigos estaban cerrados, dejaba ver en el color pálido del amanecer las mayúsculas de su rótulo.
Cuando el reloj marcaba las siete y cuarto se iba al «León de Oro», cuya puerta venía a abrirle Artemisa medio dormida. Removía para la señora las brasas escondidas bajo las cenizas. Emma se quedaba sola en la cocina. De vez en cuando salía. Hivert enganchaba los caballos sin prisa a la vez que escuchaba a la tía Lefrançois que, sacando por una ventanilla la cabeza tocada con gorro de algodón, le hacía muchos encargos y le daba explicaciones como para volver loco a cualquier otro hombre. Emma se calentaba los pies pateando con sus botines los adoquines del patio.
Por fin, después de haber tomado la sopa, puesto su capote, encendido la pipa y empuñado la fusta, Hivert se instalaba tranquilamente en el pescante.
