Madame Bovary
Madame Bovary Terminadas sus exhortaciones, trató de ponerle en la mano un cirio bendito, símbolo de las glorias celestiales de las que pronto iba a estar rodeada. Emma, demasiado débil, no pudo cerrar los dedos, y el cirio, a no ser por el señor Bournisien, se habría caído al suelo. Sin embargo, ya no estaba tan pálida, y su cara tenía una expresión de serenidad, como si el Sacramento la hubiese curado.
El sacerdote no dejó de hacer la observación: explicó incluso a Bovary que el Señor, a veces, prolongaba la vida de las personas cuando lo juzgaba conveniente para su salvación; y Carlos recordó un día en que también cerca de la muerte, ella había recibido la Comunión.
«Quizá no había que desesperarse» —pensó él.
En efecto, Emma miró a todo su alrededor, lentamente, como alguien que despierta de un sueño; después, con una voz clara, pidió su espejo y permaneció inclinada encima algún tiempo, hasta el momento en que le brotaron de sus ojos gruesas lágrimas sobre la almohada.