Madame Bovary

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Formaron círculo en torno a ella; y mientras que el sacerdote hablaba, la tierra roja, echada sobre los bordes, corría por las esquinas, sin ruido, continuamente.

Después, una vez dispuestas las cuatro cuerdas, empujaron el féretro encima.

Él la vio bajar, bajar lentamente.

Por fin se oyó un choque, las cuerdas volvieron a subir chirriando. Entonces el señor Bournisien tomó la pala que le ofrecía Lestiboudis; con su mano izquierda echó con fuerza una gran paletada de tierra, mientras que con la derecha asperjía la sepultura; y la madera del ataúd, golpeada por los guijarros, hizo ese ruido formidable que nos parece ser el de la resonancia de la eternidad.

El eclesiástico pasó el hisopo a su vecino. Era el señor Homais. Lo sacudió gravemente, y se lo pasó a su vez a Carlos, quien se hundió hasta las rodillas en tierra, y la echaba a puñados mientras exclamaba: «Adiós». Le enviaba besos; se arrastraba hacia la fosa para sepultarse con ella.

Se lo llevaron; y no tardó en apaciguarse, experimentando quizás, como todos los demás, la vaga satisfacción de haber terminado.


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