Madame Bovary

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Frente a él se mostraba, floreciente y risueña, la familia del farmacéutico, a la que todo sonreía en la vida. Napoleón ayudaba a su padre en el laboratorio, Atalía le bordaba un gorro griego, Irma recortaba redondeles de papel para tapar las confituras, y Franklin recitaba de un tirón la tabla de Pitágoras. Era el más feliz de los padres, el más afortunado de los hombres.

¡Error!, una ambición sorda le roía: Homais deseaba la cruz[76]. No le faltaban títulos, se decía:

Primero, haberse destacado por una entrega sin límites cuando el cólera. Segundo, haber publicado y por mi cuenta diferentes obras de utilidad pública, tales como… (y recordaba su memoria titulada De la sidra, de su fabricación y de sus efectos además, observaciones sobre el pulgón lanígero, enviadas a la Academia; su volumen de estadística y hasta su tesis de farmacéutico); sin contar que soy miembro de varias sociedades científicas (lo era de una sola).

—¡Por fin —exclamaba haciendo una pirueta—, aunque sólo fuera por haberme distinguido en los incendios!

Entonces Homais se inclinó hacia el poder. Hizo secretamente al señor prefecto varios servicios en las elecciones. Finalmente, se vendió, se prostituyó. Incluso dirigió al soberano una petición en que le suplicaba que le hiciera justicia; le llamaba nuestro buen rey y lo comparaba a Enrique IV.


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