Madame Bovary

Madame Bovary

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En aquella época rindió culto a María Estuardo y veneración entusiasta a las mujeres ilustres o desgraciadas: Juana de Arco, Eloísa, Inés Sorel, la bella Ferronniere, y Clemencia Isaura para ella se destacaban como cometas sobre la tenebrosa inmensidad de la historia, donde surgían de nuevo por todas partes, pero más difuminados y sin ninguna relación entre sí, San Luis con su encina, Bayardo moribundo, algunas ferocidades de Luis XI, un poco de San Bartolomé, el penacho del Bearnés, y siempre el recuerdo de los platos pintados donde se ensalzaba a Luis XIV[21]. En clase de música, en las romanzas que cantaba, sólo se trataba de angelitos de alas doradas, madonas, lagunas, gondoleros, pacíficas composiciones que le dejaban entrever, a través de las simplezas del estilo y las imprudencias de la música, la atractiva fantasmagoría de las realidades sentimentales. Algunas de sus compañeras traían al convento los keepsakes[22] que habían recibido de regalo. Había que esconderlos, era un problema; los leían en el dormitorio. Manejando delicadamente sus bellas encuadernaciones de raso, Emma fijaba sus miradas de admiración en el nombre de los autores desconocidos que habían firmado, la mayoría de las veces condes o vizcondes, al pie de sus obras. Se estremecía al levantar con su aliento el papel de seda de los grabados, que se levantaba medio doblado y volvía a caer suavemente sobre la página.


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