Madame Bovary
Madame Bovary Volvía tarde a casa, a las diez, a medianoche a veces. Entonces pedía la cena, y, como la criada estaba acostada, era Emma quien se la servía. Se quitaba la levita para cenar más cómodo. Iba contando una tras otra las personas que había encontrado, los pueblos donde había estado, las recetas que había escrito, y, satisfecho de sí mismo, comía el resto del guisado, pelaba su queso, mordía una manzana, vaciaba su botella, se acostaba boca arriba y roncaba. Como había tenido durante mucho tiempo la costumbre del gorro de algodón para dormir, su pañuelo no le aguantaba en las orejas; por eso su pelo, por la mañana, estaba caído, revuelto sobre su cara y blanqueado por la pluma de la almohada, cuyas cintas se desataban durante la noche. Llevaba siempre unas fuertes botas, que tenían en la punta dos pliegues gruesos torciendo hacia los tobillos mientras que el resto del empeine continuaba en línea recta, estirado como si estuviera en la horma.