Tres Cuentos
Tres Cuentos La creían menos vieja, a causa de su cabello moreno, cuyos mechones rodeaban su rostro pálido picado por la viruela. Pocos amigos lamentaron su muerte, pues sus modales tenían una altivez que alejaba.
Felicitas la lloró como no se llora a los amos. Que la señora muriera antes que ella perturbaba sus ideas, le parecía contrario al orden natural de las cosas, inadmisible y monstruoso.
Diez días después —el tiempo necesario para acudir desde Besanzón— se presentaron los herederos. La nuera registró los cajones, eligió unos muebles y vendió otros, y luego volvieron a su casa.
El sillón de la señora, su velador, su braserillo, las ocho sillas, habían desaparecido. Donde estaban anteriormente los grabados sólo quedaban unos rectángulos amarillos en las paredes. Se llevaron las dos camitas con los colchones, ¡y en el armario ya no se veía ninguna de las cosas de Virginia! Felicitas iba de piso en piso angustiada.
Al día siguiente, pusieron en la puerta un cartel, y el boticario le gritó al oído que la casa se hallaba en venta.
Felícitas tambaleó y tuvo que sentarse.
