Tres Cuentos

Tres Cuentos

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V

Desde los prados llegaba el olor del verano, las moscas zumbaban, el sol hacía brillar el río y caldeaba las pizarras. La tía Simon volvió a la habitación y se durmió plácidamente.

Unos repiques de campana la despertaron. La gente salía de las Vísperas. Cesó el delirio de Felicitas y, pensando en la procesión, la veía como si fuera en ella.

Todos los niños de las escuelas, los cantores y los bomberos iban por las aceras, en tanto que por el centro de la calle avanzaban: en primer lugar el pertiguero con la alabarda, el bedel con una gran cruz, el maestro vigilando a los niños, la monja preocupada por las niñas; tres de las más lindas, rizadas como ángeles, arrojaban al aire pétalos de rosa; seguían el diácono, que con los brazos separados moderaba la música; y dos turiferarios que se volvían a cada paso hacia el Santísimo Sacramento, bajo un palio de terciopelo carmesí, sostenido por cuatro miembros de la administración de la parroquia, que llevaba el señor cura, revestido con su hermosa casulla. Una multitud se agolpaba detrás, entre las colgaduras blancas que cubrían las paredes de las casas; y así llegaron al pie de la cuesta.

Un sudor frío humedecía las sienes de Felícitas. La tía Simon se las enjugaba con un paño, diciéndose que algún día tendría que pasar por ese trance.


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