Tres Cuentos

Tres Cuentos

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II

Se alistó en una pandilla de aventureros que pasaba por allí.

Conoció el hambre, la sed, las fiebres y la miseria. Se acostumbró al fragor de las refriegas y al aspecto de los moribundos. El viento le curtió la piel. Sus miembros se endurecieron con el contacto de las armaduras, y como era muy fuerte, valiente, sobrio y prudente, consiguió sin dificultad el mando de una compañía.

Al comienzo de las batallas arrastraba a sus soldados con un gran movimiento de la espada. De noche trepaba por los muros de las ciudadelas con uni cuerda de nudos, balanceado por el huracán, mientras las pavesas del fuego griego[1] se pegaban a su coraza, y la resina ardiente y el plomo fundido fluían de las almenas. Con frecuencia el choque de una piedra destrozaba su escudo. Puentes demasiado cargados de hombres se hundieron bajo él. Blandiendo su maza se libró de catorce caballeros. Desafió en campo cerrado a todos los que se presentaron. Más de veinte veces lo creyeron muerto.

Gracias al favor divino salía siempre ileso, pues protegía a los eclesiásticos, los huérfanos, las viudas y sobre todo a los ancianos. Cuando veía delante de él a un mercader gritaba para que volviera la cara, como si temiera matarlo por equivocación.


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