La guerra de los judios Libros IV-VII
La guerra de los judios Libros IV-VII 567¿Por qué he de contar uno por uno es tos desastres? Maneo, hijo de Lázaro, que en estos días se pasó a Tito, dijo que por una sola puerta, que estaba a su cuidado, habían sacado ciento quince mil ochocientos ochenta cadáveres, desde el día catorce del mes de Jántico[343], en el que los romanos habían establecido su campamento delante de la ciudad, hasta el novilunio del mes de Panemo[344]. Todos 568ellos eran gente humilde. Maneo no estaba encargado personalmente de ello, sino que en nombre del Estado[345] pagaba a los que lo hacían y por ello necesariamente llevaba la cuenta de los muertos. Los familiares dieron sepultura a los demás. Su entierro consistía en sacar a los muertos y arrojarlos fuera de la ciudad[346]. Muchos ciudadanos notables, 569que escaparon después de Maneo, manifestaron que por las puertas se había echado un total de seiscientos mil cadáveres de gente de baja condición, mientras que no se podía saber el número de los demás[347]. Dijeron también que, al no 570tener ya fuerza para transportar fuera los cuerpos de los pobres, los amontonaban en las casas más grandes y las cerraban con llave. Añadieron que una medida de trigo se vendía 571por un talento[348] y que, por ello, al no ser posible salir de la ciudad a recoger hierba a causa del asedio, algunos llegaron a tal extremo de necesidad que buscaban en los albañales y entre el estiércol viejo de los bueyes y se comían las sobras que ellos dejaban: lo que antes ni siquiera podían ver se 572convertía ahora en su alimento. Cuando los romanos escucharon estas historias, se compadecieron de ellos, mientras que los rebeldes, aunque lo habían visto, no se arrepintieron, sino que permitieron que tales desgracias cayeran también sobre ellos, pues los había cegado el Destino, que ya se cernía sobre la ciudad y sobre ellos mismos.