Indias blancas
Indias blancas El bosque parecÃa tener su propia voz, un murmullo constante que envolvÃa a Laura y Nahueltruz mientras seguÃan compartiendo horas juntos. HabÃa aprendido a cazar, a reconocer las plantas útiles y a escuchar el silencio como un signo de peligro. Pero lo que más habÃa aprendido era a mirar más allá de los ojos de Nahueltruz, donde encontraba a un hombre dividido entre el deber y un deseo que no podÃa nombrar.
Una tarde, mientras cruzaban el rÃo, Laura tropezó con una roca resbaladiza y cayó al agua. El torrente era más fuerte de lo que parecÃa, y antes de que pudiera reaccionar, la corriente comenzó a arrastrarla.
—¡Laura! —gritó Nahueltruz, lanzándose al agua sin dudar.
Con movimientos rápidos, la alcanzó y la sujetó por la cintura, nadando contra la corriente hasta llevarla a la orilla. Cuando la depositó en tierra firme, su respiración era pesada, pero sus manos no se apartaron de ella.
—¿Estás loca? —le espetó, con una furia que apenas podÃa disimular.
—No fue intencional —respondió ella entre jadeos, pero su voz temblaba más por la cercanÃa de Nahueltruz que por el frÃo del agua.
