Indias blancas
Indias blancas Esa noche, cuando las sombras se extendieron sobre la estancia, Laura decidió actuar. Envuelta en una capa oscura, montó su caballo y cabalgó hacia el bosque. Cada paso la acercaba al corazón del conflicto, pero también a un abismo desconocido.
Cuando llegó a la aldea, el panorama era desolador. Las chozas ardían, el aire estaba cargado de humo, y los hombres que habían sobrevivido intentaban salvar lo poco que quedaba. En el centro de todo, Nahueltruz estaba de pie, cubierto de polvo y sangre, sus ojos más oscuros que nunca.
—¿Por qué viniste? —preguntó él, su voz cargada de furia y cansancio.
—Porque no puedo quedarme al margen —respondió ella, bajándose del caballo y acercándose a él.
—Esto no es tu guerra, Laura. —Su mirada era dura, pero había algo en su tono que delataba la lucha interna que lo consumía—. Mi gente está pagando el precio por tu elección.
Las palabras golpearon a Laura como una bofetada. —Yo no pedí esto —dijo, con lágrimas acumulándose en sus ojos—. Lo intenté… intenté detenerlo, pero él no escuchó.
Nahueltruz la miró fijamente, y por un momento, todo el peso de su ira pareció desvanecerse. Dio un paso hacia ella, sus manos rozando las de Laura, pero el sonido de un grito interrumpió el momento.