Indias blancas
Indias blancas Pero ella no se detuvo. —Si cruzas esta lÃnea —dijo ella, plantándose frente a los soldados—, tendrás que pasar sobre mÃ.
El silencio que siguió era como el filo de una hoja.
En ese momento, Laura entendió que estaba jugando con fuego. SabÃa que su padre no dudaba en usar la fuerza para lograr su voluntad. Pero también sabÃa que, si no hacÃa algo, Nahueltruz y su gente no sobrevivirÃan.
Finalmente, su padre alzó la mano, deteniendo a los hombres. —Regresa a casa, Laura —dijo, con una furia contenida—. Esta es tu última oportunidad.
—No —respondió ella, con una firmeza que sorprendió hasta a Nahueltruz, quien observaba desde la distancia.
En ese instante, los dos mundos de Laura chocaron con una intensidad devastadora, y el destino de todos quedó suspendido en un hilo.
La tensión se podÃa cortar con un cuchillo. Laura permanecÃa frente a los soldados, su postura firme y desafiante. Cada segundo parecÃa alargarse mientras su padre la miraba desde lo alto de su caballo. Él tenÃa el poder, pero algo en la mirada de su hija lo desarmaba, aunque no lo reconociera.
