Indias blancas
Indias blancas El amanecer iluminaba la aldea como un presagio de esperanza y tristeza. El humo de las chozas quemadas aún se elevaba hacia el cielo, pero la calma después de la tormenta era casi palpable. Laura, de pie junto al rÃo, observaba cómo el agua fluÃa con indiferencia, como si los eventos de la noche anterior no significaran nada para el mundo que la rodeaba.
Nahueltruz apareció detrás de ella, sus pasos silenciosos como los de un cazador. —Te irás, ¿verdad? —preguntó, con una mezcla de certeza y pesar en su voz.
Laura no respondió de inmediato. Miró el rÃo, buscando respuestas que no llegaban. —No quiero —dijo finalmente—. Pero si me quedo, solo traeré más peligro a tu gente.
Nahueltruz se cruzó de brazos, mirando al horizonte. —¿Crees que tu partida cambiará algo? Ellos volverán. Siempre vuelven.
—Entonces déjame ayudarte a detenerlos —replicó ella, girándose hacia él con los ojos llenos de resolución.
Pero él negó con la cabeza, su expresión grave. —Esto no es solo una lucha por nuestras tierras. Es una lucha por nuestra existencia. Y esa guerra es demasiado grande para que la cargues tú sola.
