El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes EL viento y el frío, la lluvia o la nieve, la imposibilidad de hacer investigaciones durante mucho tiempo, hicieron que Meaulnes y yo no habláramos del País Perdido en el resto del invierno. No podíamos dedicarnos a nada serio en el transcurso de las cortas jornadas de febrero, durante aquellos jueves amenazados por temporales que, generalmente a eso de las cinco, se veían atacados por una lluvia continua y helada.
Ya habíamos olvidado la aventura de Meaulnes, y sólo nos aproximaba a ella el hecho extraño de que no tuviésemos amigos desde la tarde de su retorno. En los recreos jugaba como antes, pero Jazmín nunca le hablaba a Meaulnes. Por la tarde, después de que el aula estuviera barrida, el patio quedaba desierto, como cuando yo estaba solo, y veía a mi compañero caminar sin rumbo del jardín al galpón y del patio al comedor.