El Gran Meaulnes

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Y, abandonando allí al señor Seurel y al carnicero, incapacitados por sus años a soportar tal carrera, partimos en pos de las dos sombras. Luego de recorrer por un rato la parte baja del pueblo por el camino de la Pasarela Vieja, los dos prófugos subieron otra vez, intencionadamente, hacia la iglesia, corriendo a ritmo acompasado, sin apuro, y pudimos seguirlos sin esfuerzo. Cruzaron la calle de la iglesia, silenciosa y dormida, y entraron, por detrás del cementerio, en un laberinto de callejones sin salida y callejuelas angostas. Era un barrio de jornaleros, costureras y tejedores, conocido como Los Rinconcitos. No lo conocíamos bien y nunca lo habíamos recorrido de noche. Durante el día era un paraje desierto, ya que los jornaleros estaban ausentes y los tejedores encerrados. En el absoluto silencio de la noche, parecía más deshabitado, más dormido que los otros barrios del pueblo. Por aquellas casas que parecían ser cajas de cartón, dispersadas arbitrariamente, yo conocía nada más que un camino, el que conducía a la casa de una costurera, apodada «la Muda». Primero había que descender por una escarpada pendiente, empedrada por partes, y después de doblar dos o tres veces entre atrios de tejedores y cuadras vacías, se llegaba a un ancho callejón sin salida, cerrado por el corral de una granja abandonada hace mucho tiempo. Ya en casa de la Muda, mientras ella conversaba silenciosamente con mi madre, moviendo vivazmente los dedos, solamente interrumpida por el chillido de enferma de su garganta, yo observaba a través de la ventana la alta pared de la granja desierta, la última casa del pueblo, y la puerta siempre cerrada del corral seco y sin paja, en el que no quedaba rastro de vida. Ése fue el mismo camino por el que fueron los dos desconocidos. Temíamos perderlos de vista en cada esquina, pero, para mi sorpresa, llegábamos una y otra vez a la esquina de la calle siguiente antes de que pudieran desaparecer. Y digo para mi sorpresa porque esas calles eran tan cortas que eso no hubiera podido suceder si los perseguidos no acortaran el paso cada vez que dejábamos de verlos. Finalmente, sin vacilar, entraron en la calle que llevaba a la casa de la Muda, y le grité a Meaulnes:


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