El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes La realidad era que nosotros estábamos en poder de ellos; nos habían conducido donde querían. Cuando llegaron a la pared que cerraba el callejón, se encararon con nosotros resueltamente y uno de ellos lanzó el silbido extraño que ya habíamos oído dos veces esa noche. Entonces, una decena de muchachos apareció desde el corral de la granja desierta, donde aparentemente nos aguardaban ocultos. Todos estaban encapuchados, con la cara tapada por sus bufandas. De antemano nos dimos cuenta quiénes eran, pero decidimos no decir nada al señor Seurel, que nada tenía que ver con nuestros problemas. Frente a nosotros estaban Delouche, Denis, Giraudat y toda su pandilla. En la pelea reconocimos su forma de luchar y sus voces entrecortadas. Sin embargo, quedaba allí algo importante que casi intimidaba a Meaulnes: la presencia de un desconocido que aparentaba ser el jefe, y que no lo atacaba; sin moverse, contemplaba los movimientos de sus compañeros, dedicados a una ruda labor, sucios y rotosos de pies a cabeza, revolcándose sobre la nieve en su agitada pelea con mi agotado amigo. Dos de la pandilla se habían dedicado a mí, aunque con gran dificultad, porque me escurría como un demonio, pero consiguieron reducirme. Me tenían en el suelo, con las rodillas dobladas y sentado encima de los talones; me sostenían por los brazos en la espalda, y en esa posición observaba la escena con curiosidad y un poco de temor. Meaulnes se había librado de cuatro escolares, desprendiéndolos de su blusa al girar con rapidez sobre sí mismo, arrojándolos violentamente sobre la nieve. Bien plantado sobre sus piernas, el desconocido seguía con interés, pero muy calmo, los pasos de la lucha, y, de vez en cuando, con voz muy clara, repetía: