El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes —¡Ya lo tenemos! ¡Aquà está el plano! ¡Aquà está el camino! Vamos a ver si este joven estuvo, efectivamente, donde yo imagino.
Su secuaz apagó la vela. Cada cual recogió su gorra o cinturón, y todos se esfumaron en silencio, como habÃan llegado, dejándome libre para desatar a mi compañero.
—No irá muy lejos con ese plano —dijo Meaulnes, levantándose.
Volvimos lentamente, pues él rengueaba un poco. En el camino de la iglesia nos encontramos con mi padre y el señor Pasquier.
—¿Han visto a alguien? —preguntaron—. Nosotros tampoco.
Gracias a la oscuridad de la noche, no se dieron cuenta de nada. El carnicero se despidió y el señor Seurel se fue enseguida a dormir. Pero nosotros dos, arriba, en nuestra habitación, alumbrados por la lámpara que Millie nos habÃa dejado, nos quedamos un buen rato remendando las blusas descosidas, discutiendo en voz baja lo que nos habÃa ocurrido, como dos compañeros de armas en la noche de una batalla perdida.