El Gran Meaulnes
El Gran Meaulnes A las dos pasó por el pueblo de La Motte. Era la primera vez que atravesaba una villa durante las horas de clase y le resultó gracioso verla, tan dormida, tan desierta. De tanto en tanto se levantaba una cortina y aparecía la cabeza curiosa de alguna mujer. Después de pasar la escuela, a la salida de La Motte, dudó entre dos caminos y le pareció recordar que para ir a Vierzon debía doblar a la izquierda. Como allí no había nadie para orientarlo, hizo trotar a la yegua por la carretera, que en ese trecho se volvía más estrecha y mal empedrada. Se mantuvo bordeando un monte de abetos durante un rato, hasta que al fin encontró a un carretero a quien le preguntó, rodeando la boca con las manos como si fuera una corneta, si el camino que estaba siguiendo era realmente el de Vierzon, mientras la yegua, tirando de las riendas, seguía trotando. El carretero no debió oír bien lo que le decía, ya que gritó algo, con un incomprensible ademán, y Meaulnes prosiguió por ese camino.
Nuevamente se vio en medio del enorme campo helado, sin nada que lo pudiera distraer; sólo una urraca alzaba el vuelo a veces, atemorizada por el coche, para posarse más lejos, sobre un olmo roto. Meaulnes se había envuelto los hombros con la inmensa manta, como si fuera una capa; estiró las piernas, se arrinconó en uno de los lados del coche, y se adormeció un buen rato.