Duna
Duna Pero la victoria no era completa. Paul sabía que este triunfo no significaba paz, sino el comienzo de una nueva era de conflicto. Desde lo alto de la fortaleza, observó a los Fremen celebrar, pero su mente estaba en las visiones que lo habían perseguido desde que llegó a Arrakis.
Chani se acercó a él, su voz suave como un bálsamo. —Lo lograste, Muad’Dib. Ahora todo esto es tuyo. Paul negó con la cabeza. —No es mío. Es de ellos. Pero la sangre que he derramado será mi carga para siempre.
La tormenta final había pasado, dejando un nuevo horizonte. Pero en ese horizonte, Paul veía más batallas, más sacrificios, y un poder que lo empujaba a un destino del que no podía escapar. El guerrero del desierto había conquistado, pero su alma seguía siendo un campo de batalla.
La luz del amanecer iluminaba Arrakis como nunca antes. Desde las alturas de la fortaleza Harkonnen, ahora rebautizada por los Fremen, Paul Atreides contemplaba un paisaje transformado. Las banderas de Muad’Dib ondeaban sobre las dunas, y los cantos de victoria resonaban en la vasta extensión del desierto. Había conquistado no solo un planeta, sino el corazón de su pueblo.
