Duna
Duna Paul y Jessica huyeron en la confusión, escapando hacia el desierto mientras las llamas consumÃan la Fortaleza. Desde las sombras de las dunas, Paul miró hacia atrás y vio el horizonte teñido de rojo.
—Los Harkonnen han ganado esta batalla —dijo, su voz cargada de un frÃo que no era suyo—. Pero el juego aún no ha terminado.
En ese momento, Paul comenzó a comprender que el desierto no solo era su refugio, sino también la clave para el destino que lo esperaba. La trampa de Arrakis no era solo para los Atreides. Era para todos los que habÃan subestimado el poder del desierto y de lo que este podÃa despertar.
La oscuridad del desierto era absoluta, rota solo por el brillo de las estrellas lejanas y el reflejo débil de las lunas sobre la arena. Paul y Jessica se movÃan con cautela, cada paso en las dunas un recordatorio de que el silencio podÃa esconder peligros mortales. Los rugidos distantes de los gusanos de arena retumbaban como advertencias, mezclándose con el susurro incesante del viento.
—Sigue adelante, Paul —dijo Jessica, esforzándose por mantener la calma—. No podemos detenernos.
Paul, con las piernas agotadas y la mente llena de preguntas, se detuvo un momento para observar el horizonte infinito. —¿Cómo podemos sobrevivir aqu� —preguntó, más a sà mismo que a su madre.
