Herejes de Duna
Herejes de Duna La preparación del ghola, el control de Sheeana y la defensa contra las Honoradas Matres eran hilos de un intrincado tapiz que apenas comenzaba a formarse. Pero cada dÃa que pasaba, los nudos se apretaban, y la Hermandad se encontraba cada vez más cerca del abismo.
El calor abrasador del desierto de Rakis transformaba el aire en ondas lÃquidas, pero Sheeana caminaba sin titubear. Sus pies descalzos se hundÃan en la arena mientras el horizonte se ondulaba con promesas de tormentas. A su alrededor, los murmullos de los habitantes de Keen hablaban de milagros y maldiciones.
—Ella es la elegida —decÃan algunos. —O una amenaza que traerá el desastre —respondÃan otros.
Sheeana no se preocupaba por ellos. Sus pensamientos estaban en los gusanos gigantes que emergÃan de la arena como montañas vivientes, sus cuerpos cubiertos de placas brillantes y mortales. Cuando uno de ellos se detuvo frente a ella, elevándose en toda su majestuosidad, la niña alzó la mano.
—Ven, Shai-Hulud —dijo con una voz que era tanto orden como súplica.
El gusano la obedeció, inclinándose hasta que su cuerpo formó una rampa. Sheeana subió, sus ojos fijos en el horizonte, mientras los murmullos en la ciudad se convirtieron en un grito colectivo de asombro.
