La asistenta
La asistenta Una ráfaga de recuerdos le sacude el pecho: la celda frÃa, la acusación injusta, los dÃas contados entre sombras. Pero esto... esto es distinto. Esta casa no necesita barrotes. Es más eficaz que cualquier prisión. La manipulación es el muro. El miedo, la cerradura.
Esa noche, Millie no duerme. La imagen de la mujer de la fotografÃa se le graba en la retina. ¿Quién era? ¿Por qué su rostro transmite esa mezcla de pánico y sumisión? Preguntas sin respuesta que solo suman a su creciente paranoia.
A la mañana siguiente, Nina aparece radiante, vestida de blanco como si fuera a una sesión de fotos y no al infierno que finge dirigir. Millie intenta confrontarla con la fotografÃa, pero Nina simplemente se rÃe.
—Querida... todas las mujeres antes que tú han querido salvar esta casa.
Y entonces la deja sola. Con el eco de esa frase golpeándole el estómago.
Pero hay algo más. Enzo, el jardinero, deja una nota dentro de una maceta, escrita en italiano. Una advertencia. Y una dirección.
Millie, aprovechando una salida de Nina, acude a esa dirección. Un hospital psiquiátrico. Allà encuentra a Wendy, la ex empleada de los Winchester. Viva, pero rota. Habla entre murmullos y frases inconexas. Lo único que repite, una y otra vez, es:
