La asistenta
La asistenta Esa misma noche, Millie encuentra la trampilla que Wendy mencionó. Oculta tras una placa falsa en el techo del armario. Está sellada con clavos y un cerrojo oxidado. Pero lo que escucha tras ella —goteo, suspiros, un crujido seco— le confirma lo impensable.
No está sola.
Alguien más habita esa casa. Alguien que no deberÃa estar allÃ.
El dÃa siguiente, mientras limpia el despacho de Andrew en secreto, encuentra un sobre con fotos. FotografÃas de ella. Dormida. Doblada en su cama. Una de ellas, con la boca entreabierta, como si hubiese estado sedada.
Ahora lo sabe con certeza.
La están drogando.
Y alguien entra a su habitación por las noches.
El retrato de la mujer no es solo una advertencia.
Es una promesa.
Millie despierta con la lengua pastosa, la cabeza hueca y un vacÃo de horas en su memoria. La habitación huele a cloroformo y encierro. En la mesita de noche, una pastilla partida. Alguien estuvo allÃ. Otra vez.
Pero esta vez no se va a quedar callada.
